LA MONTAÑA VIAJERA

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Huishtínbaque , un niño shipibo, que vive desorientado por el mal comportamiento de sus mayores, abandona cierto día su vivienda con el propósito de pescar. Aborda su canoa en el embarcadero del poblado y la conduce por la quebrada de Cumancay. Observa que los peces, que están muy agitados, surcan el agua velozmente, como trastornados, y le resulta imposible dirigir sus flechas con acierto. La candente mirada de Bari hace hervir el agua y revienta los frutos en las ramas de los árboles.

Huishtínbaque acerca su canoa hasta el árbol Nehue Rao y ve que sus frutos estallan esparciendo sus semillas en el viento. Las que caen al agua son devoradas por los peces y éstos al instante rompen la superficie color turquesa y remontan vuelo por los aires caldeados. A los pájaros les sucede lo contrario: tan pronto comen las semillas se precipitan al agua y se sumergen como si fueran peces.
Huishtínbaque queda maravillado y, sin saber de qué se trata, tiene la certeza de estar recibiendo una señal espiritual.
Abandona su canoa, llega hasta el árbol y trepa. Alcanza la copa del Nehue Rao, llena con sus hojas y frutos el bolso que pende de su cuello y desciende.

Recobra su canoa y rema de prisa en dirección a su morada. Al verle regresar tan pronto y sin pesca, su madre se extraña, pero permanece en silencio. Lo ve extraer el contenido del bolso y triturar las hojas y frutos en un mortero de tronco de palmera, hasta transformarlos en una pasta amarillenta que diluye en una tinaja. Actúa con seguridad, como si supiera perfectamente lo que hace. La madre lo contempla intrigada y le pregunta qué está haciendo…
-Lo que ves -contesta el niño.
Le muestra la sustancia amarillenta que pugna por escapar de la tinaja y le relata paso a paso lo que ha presenciado.

-Y ¿qué te propones?

La madre no logra averiguar nada; Huishtínbaque guarda silencio, se aleja regando la sustancia por el frente de la vivienda y sigue haciéndolo por el terreno de las viviendas vecinas. La mujer se alarma y corre de casa en casa anticipándose al recorrido del hijo y advirtiendo a la gente:

-No abandonen sus viviendas por ningún motivo. Algo malo se avecina.
Su semblante y su voz trasmiten tanta angustia, que todos deciden obedecer. Huishtínbaque se interna entre los matorrales, desaparece tras los árboles y arbustos, resurge infatigable en la maleza rastrera regando el líquido. La gente lo contempla agrupada en los patios de las viviendas y nadie sabe explicar su extraño comportamiento.

-Pase lo que pase, no nos moveremos de nuestras casas -comentan.
-Una sonsera -exclama un joven, riéndose del miedo de la gente-. Yo me voy a cazar al bosque.

Recoge su arco y flechas, pucuna y virotes , cruza audazmente el lindero demarcado por el líquido y desaparece en la floresta.

Ahí no más se percibe un aterrador ruido subterráneo. Parecería que la tierra se esforzara en romperse sacudiéndose violentamente por donde el líquido ha sido vertido. Y lo consigue, y poco a poco va desprendiéndose de aquella que se encuentra fuera de la marca y permanece inalterable.

El ruido ensordecedor persiste cuando la gran circunferencia demarcada es una sola grieta. Los pobladores se aferran a los horcones y troncos cuando el gran bloque que contiene la totalidad de viviendas y árboles que les dan sombra se va elevando. Y sigue elevándose más y más, ante la consternación de la gente, que no atina sino a arrojarse de bruces sobre la hierba para evitar caer al abismo.

Aterrado por el estruendo que suena a sus espaldas, el joven cazador da media vuelta y regresa a la carrera por la trocha. El abismo detiene su avance. Su vivienda y las demás, y su familia y toda la gente están suspendidas en el aire turbulento, más arriba que los más altos árboles.

-¡Ea bihué cocá, ea bihué! (¡Ven a llevarme, tío; ven a llevarme!) -grita desesperado.
Y continúa gritando, al ver que aquella tierra desprendida se desplaza por los aires: 
-¡Cocá, cocá! (¡Tío, tío!)

Y se eleva tras ellos convertido en el pájaro Cocá, que deja oír por vez primera su canto lastimero.

Cuentan los abuelos que en todo el Ucayali se vio con asombro, surcando el firmamento, algo que semejaba una montaña viajera. Y que estuvo a punto de caer en el paraje donde hoy se encuentra la ciudad de Contamana y aplastar a sus moradores. Y dicen que la montaña cobró altura y prosiguió su viaje, para finalmente descender con suavidad en un bosque pantanoso del Bajo Ucayali: ese gran cerro conocido con el nombre de Canchahuaya.

Los navegantes que arriman sus canoas a este cerro por los caños del pantano, escuchan sonidos de la vida cotidiana, murmullos imprecisos, rumores de las fechorías que se siguen cometiendo. Pero no logran distinguir a nadie porque se trata de espíritus, condenados a permanecer para siempre fuera del mundo de felicidad de los antepasados.

Se dice que la enorme cavidad que, al desprenderse, dejó la tierra de Cumancay, de la noche a la mañana se llenó de agua y se pobló con toda clase de animales acuáticos y peces: el manatí, la nutria, el paiche, la gamitana, el acarahuasú, el tucunaré, los bufeos.

De dónde vinieron, se siguen preguntando los pescadores shipibos que ingresan a esta gran laguna, alistando sus arpones y flechas para atraparlos. Pero antes contemplan con detenimiento el agua y las copas de los árboles; no sea que otra vez Bari esté haciéndola hervir y reventando los frutos del Nehue Rao.

Autor: Anónimo. Mito Peruano.

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