¡VIVEN!: UNA HISTORIA DE HEROISMO, LIDERAZGO, INGENIO, TRABAJO EN EQUIPO Y SUPERACION

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La película ¡Viven!” está basada en una conmovedora y trágica historia real. En octubre de 1972 un avión que llevaba 45 personas a Chile, la mayoría jugadores de un equipo de rubgy y estudiantes uruguayos se estrelló en los Andes.
A causa del accidente fallecieron doce, los que sobrevivieron tuvieron que soportar temperaturas de más de 30 grados bajo cero, avalanchas, mucha hambre y la muerte de otros compañeros. Quedándose mermado el grupo al final en 16 supervivientes, tuvieron que recurrir a cosas inenarrables, como antropofagia, para poder mantenerse con vida e intentar contactar con el mundo exterior para ser rescatados de su prisión en medio de las montañas.
Cansados de no ser rescatados, Fernando Parrado y Roberto Canessa emprendieron una marcha para cruzar la Cordillera de los Andes, repleta de dificultades y de una dureza extrema, pero consiguiendo que sus 14 compañeros fueran rescatados en diciembre de 1972, tras permanecer 72 días en condiciones extremas.
El filme y más que todo el hecho en sí que transmitió la cinta es una extraordinaria lección de vida y un perfecto ejemplo de constancia, fortaleza y lucha. Como también una muestra viviente de liderazgo, ingenio, adaptabilidad, toma de decisiones, innovación y trabajo en equipo.
Gustavo Zerbino, uno de los 16 supervivientes del accidente sufrido en los Andes en el 72 , en la actualidad tiene una empresa farmacéutica y 6 hijos. Asimismo es asesor de las más prestigiosas universidades, empresas y líderes y portador de palabras, mensajes y experiencias que se quedarán grabadas en mi memoria para el resto de mi vida. Trascribo pequeños fragmentos de una de las Conferencias que constantemente Gustavo Zerbino dicta por diversos países. De igual manera en el post daré a conocer las lecciones de emprendimiento y superación a cargo de los testimonios de Fernando Parrado, Ramón Sabella, Alfredo Delgado, Roberto Canessa y José Luis Inciarte, todos supervivientes del accidente :
Fragmentos de Conferencia de Gustavo Zerbino:
¿Cómo creen que se sienten hoy los 7.500 millones de personas que hay en el mundo?, ¿cómo se sienten ustedes? y empiezan a llover respuestas como, desmotivados, decepcionados, enfadados, sin ilusión, etc.
Él, responde:
No me importa lo más mínimo y además no se lo puedo rebatir porque es lo que ustedes sienten, pero sólo decirles una cosa, que se fijaron en el punto negro de la sábana. Esto es debido a como nos han enseñado y hemos aprendido a pensar. Lo importante no es lo que pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa. Durante los 72 días en los Andes me propuse traer algún objeto de cada fallecido a sus familiares. a una hija, a una madre, a una esposa, a un hermano….después, durante 1 mes me dediqué a llevar a cada casa ese objeto. En la Cordillera no nos quejábamos porque jodíamos a los demás….la queja contamina y era un lujo que no podíamos permitirnos……….Más importante que la confianza en mí mismo, es la confianza que los demás depositan en mí, por eso es muy importante confiar en los demás y esa confianza se transmite sobre todo con los gestos, la postura, el corazón….. y ahora esto se está perdiendo por las nuevas formas de comunicarnos, todo es por mail, whasaap, twitter, facebook, etc………..
La mente vive en el pasado o en el futuro porque en el presente no está a gusto, está incómoda porque tiene que tomar decisiones.
Un ejemplo de herramientas de ánimo que nos ayudaron a sobrevivir es la de mi querido amigo Pablo, uno de los que fue en busca de ayuda. Le puso nombre a sus piernas, la derecha era su abuela y la izquierda era su madre, la nieve le llegaba a las rodillas pero él seguía caminando, un paso por su abuela y otro por su madre. Pablo era hijo único de Nora, quien junto con su madre sufrieron una enfermedad congénita que las dejó ciegas.

Fernando Parrado: “De esa experiencia desgarradora desde el punto de vista personal quedaron muchas lecciones que pueden suponer una enseñanza. Para superar la tragedia, los supervivientes tuvimos que aprender a trabajar en equipo, a escuchar las buenas ideas de los demás, a innovar y a decidir en condiciones de extrema tensión. “Una de las lecciones que aprendí tuvo que ver, sobre todo, con la toma de decisiones.
Aprendí también que aunque las decisiones tomadas democráticamente funcionan, llega un momento en que alguien tiene que liderar, porque no siempre es fácil poner de acuerdo a un grupo de personas sobre la forma de actuar. “No siempre el que está apuntado como líder es realmente líder. Cada uno es líder por sus acciones, y allí, con el tiempo, los líderes fueron cambiando por sus acciones. Nadie dijo “tú vas a ser líder y nos vas a mandar”, sino que hubo tres o cuatro que lideraron aquello, y eran personas normales que hicieron acciones extraordinarias en circunstancias difíciles. Fuimos todos solidarios, poco egoístas, que es muy importante. Nunca fuimos tan buenos trabajando en equipo como en los Andes”, explica Nando. 
El objetivo nuestro era sobrevivir… En mi caso, sabía que tenía que conservar mis energías hasta el verano (el avión se estrelló en octubre, en pleno invierno en el hemisferio sur) porque no podíamos intentar salir de ahí antes por el frío, pues te hundes en la nieve hasta la cintura. Yo decía: si me pongo triste y lloro, voy a perder sal por mis lágrimas. O sea, no puedo permitirme el lujo de perder esa energía. 
Otra de las lecciones que allí aprendí es que se necesita poner imaginación para buscar soluciones, que hay que saber innovar. Por ejemplo, la pared de maletas, maletines y asientos que construyó el capitán del equipo apenas estrellado el avión para que el viento no entrara al fuselaje, nos salvó la vida, pues si no hubiera estado esa pared, nos hubieramos congelado la primera noche. Otro inventó una especie de hamaca para sostener a los más heridos, fabricada con los cinturones de seguridad y dos postes de metal. También fue ingenioso el invento para derretir el hielo y tomar agua, cuestión que era más problemática que la comida (el cuerpo humano se deshidrata cinco veces más rápido a esa altura que a nivel del mar). Finalmente, con un aislante para el frío que encontramos en la cola del avión, fabricamos un saco de dormir para empezar mi travesía con Roberto Canessa en cruzar los Andes y buscar ayuda; sin ese saco, hubiésemos muerto congelados enseguida”, indica Fernando Parrado.
Ramón Sabella : “La vida nos cambió en un minuto: pasamos de ser personas que teníamos todo a no tener nada y estar condenados a muerte. Sin imaginarlo, para sobrevivir en la montaña fuimos creando una empresa. Hicimos una sociedad a partir de la nada y la fuimos armando sacando lo mejor de cada uno, explotando al máximo a las personas con sus capacidades y su creatividad. Hicimos un trabajo de equipo perfecto que nos salvó la vida, dejando las cosas malas de lado y tomando decisiones muy críticas en momentos muy críticos”.
Entrevista a los sobrevivientes :
Jose Luis Inciarte (XII.1997) :
–¿Qué sintió cuando regresó al mismo paisaje del que hace 25 años quería huir desesperadamente? 
–Una impresión muy grande y una emoción extraordinaria. Aclaro que no por lo que yo viví en 1972, sino porque comprobé lo que mis dos amigos, Roberto Canessa y Fernando Parrado, a quienes les debo la vida, hicieron cuando resolvieron salir a caminar por la nieve para buscar ayuda. Lo que lograron ellos nadie, absolutamente, lo puede hacer. Los andinistas que nos acompañaron nos comentaban que ni los guanacos, que son animales que pueden soportar los rigores del clima de la zona, lograron caminar en la nieve y transitar por las montañas como lo hicieron Canessa y Parrado. 
¿Qué momentos dramáticos le quedaron grabados en la memoria respecto al accidente en los andes? 
–Nunca me olvidaré de la frase que me dijo Canessa cuando estábamos en el avión y nos enteramos a través de la pequeña radio a transistor que teníamos que los equipos de rescate abandonaban la búsqueda: “O nos morimos mirándonos las caras o nos morimos caminando”. Ellos tuvieron el coraje de caminar sin rumbo cierto y nos salvaron la vida a las 14 personas que nos quedamos en el fuselaje del avión.
–Para usted, ¿la experiencia de los Andes fue un milagro? 
–Quizá para mucha gente fue una lotería, para mí fue un milagro. Fue un milagro salvarnos luego de haber chocado contra una montaña en un avión que viajaba a más de 400 kilómetros por hora. Fue un milagro sobrevivir al alud que sepultó el fuselaje del avión mientras dormíamos. Fue un milagro que Canessa y Parrado, desnutridos, pudieran caminar durante siete días por la nieve, escalar montañas de más de 6000 metros de altura, sin contar con ropa de abrigo. Fue un milagro que Parrado luego encontrara con la fuerza aérea de Chile el lugar exacto donde había quedado el avión con nosotros adentro.
Alfredo Delgado (I.1973): 
–¿Como fue el trato con Dios allá arriba? 
–Mi creencia en Dios fue decisiva como sostén. Hice un examen de conducta. Ese examen dio como resultado algo que dicho así parece una banalidad, pero lo digo lo mismo: nacieron en mí unas ganas tremendas de cambiar, de ser mejor. Parece medio infantil eso, pero no puedo expresar de otro modo la potencia de esas ganas de ser bueno. Pero he llegado a la conclusión que tengo, que debo vivir del modo más recto posible. Han cambiado las cosas: antes pensaba en mí mismo, ahora pienso más en los demás. Lo material, el confort, los dólares, todo eso me parece secundario. Hay cosas, muy elementales y muy dichas, pero yo ahora las siento profundamente. Sé que éste es un siglo extraordinario en muchos aspectos técnicos, pero la locura por el confort, la despreocupación por lo ajeno, por lo que le pasa al otro, por lo espiritual arruinan el resto. Lo espiritual, eso tan marginado y olvidado, es precisamente lo que a nosotros nos permitió sobrevivir en una situación límite. 
Fernando Parrado (II.2000): 
–¿Qué descubrió a partir del milagro de los Andes? 
–Siempre digo que allá arriba tomé la decisión más importante de mi vida en treinta segundos. Estábamos en la expedición con Roberto Canessa, desde hacía días caminábamos para tratar de llegar a algún lado pero lo único que veíamos era nieve y montañas. Todo el tiempo, nieve y montañas cada vez más altas. En una de las escaladas llegamos hasta una cumbre convencidos de que del otro lado encontraríamos algo que no fuera blanco, esperábamos ver algo que nos diera una mínima esperanza. Subimos hasta lo más alto, levantamos la cabeza y en lugar de ver un valle verde, nos dimos cuenta de que seguíamos en el medio de la nada. Para donde miráramos había nieve y picos de montañas. En ese momento yo elegí cómo morir, me paré frente a Roberto y le dije: “O nos quedamos acá y nos morimos mirándonos a los ojos, o nos morirnos caminando. Yo quiero morirme luchando”. Y por eso seguimos caminando, y por eso nos salvamos. Esa fue la decisión más importante que tomé en mi vida: cómo morir.
¿Qué cosas valora hoy? 
–Valoro las cosas más simples. Primero, el hecho de despertarme cada mañana. No puedo dejar de sentir que yo no tendría que estar acá. Nadie que no haya estado ahí, nadie que no haya vivido la experiencia de volver de la muerte, puede percibir la suerte que tuvimos. Hasta el último día, hasta el último minuto creímos que no nos íbamos a salvar. Fueron 72 días de absoluta condena. Estábamos destruidos, enterrados en el medio de un glaciar. Por eso cada día, para mí, es un milagro y trato de aprovecharlo al máximo. 
–¿Pero cómo cambió su perspectiva, sus valores? ¿Cuál es para usted la relación entre lo profundo y lo trivial? 
–La gente se hace problema por cosas que no tienen sentido. Hay que pasar por una cosa así para darse cuenta de la diferencia entre lo importante y lo que no lo es. En general, me siento distinto en la percepción de los problemas del día a día: la gente se complica, yo me volví bastante simple. En el trabajo, con mi socio, cuando cada tanto me encuentro discutiendo por estupideces, me acuerdo y digo: no, así no es. Tengo la sensación de que nada es irremediable, que todo tiene solución.
–¿Cuál es su conclusión de toda aquella aventura? 
–Que hoy ya sé definir bien cuáles son las cosas importantes y cuáles no. A mí me gustan los negocios, quiero tener éxito, pero siempre y cuando lo demás esté en su lugar. Es más importante la familia. El cien por cien de los que estábamos en los Andes queríamos volver por nuestra familia, no por nuestros contratos, estudios o dinero. Quemamos todo el dinero que había en el avión, y eran unos 7.000 dólares en billetes, y lo quemamos por un poco de calor. O sea, que ahí se ve la importancia que tiene el dinero. Prefiero una familia exitosa que un negocio exitoso. 
Roberto Canessa (VII.1974): 
–¿Has tenido pesadillas después de esto? 
–Nunca las tuve. El problema se superó en la montaña. El verdadero problema es el temor a la muerte, poder convivir con la muerte, ver muertos continuamente. Piensas que tú, que estás vivo, te estás sirviendo de otro que está muerto. Es decir, que si somos iguales, pero yo estoy vivo y el otro está muerto, mañana quizás yo esté igual que él. Ese temor a la muerte, como a algo desconocido, es lo que aterra a la gente. 
–¿Y a ti? 
–Estábamos tan acostumbrados a la idea de morirnos que no teníamos ese problema. Te acostumbras a tenerla tan vecina que lo inexplicable pasa a ser otra cosa. La montaña siempre estuvo allí. Ella me dejó salir. Con eso estoy contento. Allá arriba me preguntaba continuamente: “Pucha, ¿cómo voy a poder salir de acá?” y siempre me respondía a mí mismo: “Tengo a Dios, que es mi amigo, y él es el dueño de la montaña”. 
Tanto Fernando Parrado como Ramón Sabella y Gustavo Zerbino hoy en día son empresarios y conferencistas, que imparten Charlas alrededor del mundo. Asimismo, más supervivientes de este fatídico hecho también dictan y han dictado Conferencias de Superación Personal y otros temas. Es el caso de :
Carlos Paez (www.carlitospaez.com)
Roberto Canessa
José Luis Inciarte y Alvaro Mangino (www.sobrevivientesdelosandes.com)
Javier Methol
Eduardo Strauch (www.eduardostrauch.com)
Antonio Vizintin (www.antoniovizintin.com)
Pedro Algorta
En el 2006, los sobrevivientes crearon la Fundación Viven para ayudar a las personas «cuya vida es una cuestión de supervivencia diaria, en memoria de los episodios y las personas relacionadas al accidente en los Andes.

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